Hoy quise ser clarinetista. Y lo fui por unas horas.
Me dije si era necesario tocar ante un público entendido, sorprendido o curioso. Nada de eso se necesita para ser clarinetista.
El atuendo tampoco influye mucho. Si no cubres la cabeza con un sombrero no epatas nada. Estar cómodo y sobre todo, estar dispuesto a interpretar una partitura, innovar de vez en cuando e improvisar alguna vez un arpegio olvidado o un paso de corchea en falso; sólo eso hace falta.
Todo el escenario eres tú; toda la orquesta la construyes tú; toda la coreografía imaginaria la diriges y controlas tú; toda la sabiduría ha de salir de ti, sin ayuda, sin equipo que te asista. Todo como en tu propia vida, lo que tú decidas ser, sin que nadie te obligue. Y sin más, comienzas a insuflar aire en la cánula, diriges con elocuencia el viento, mantienes el corazón flotando y el vientre que domine el tórax; los pulmones dilatarán como un fuelle y tus manos acariciarán los botones articulados, las pinzas oscilantes que facilitarán la modulación de la melodía.
¿Y qué tocar?
¿Mozart? ¿Vivaldi?
No es mala cosa, cierto.
Mas nada de eso. Una partitura para clarinete debe ser liviana, muy ligera, descargada de fatigas clásicas, ortodoxas, románticas. Mejor Hirotsu, o Gerry Brown, o Walter Atanasief, o Dan Shea, o Kenny G.
Uno se va al Metro. Baja las escaleras en la estación de Sáenz de Baranda. Ya en la primera planta, un japonés, el de todos los días, teclea el órgano con acompañamiento informatizado; mal, rematadamente mal. Este pobre, cada día está en una estación de Metro, y no aprende, está solo y a nadie tiene que le corrija los vicios que hebdomadariamente se le hacen crónicos.
Llegas a la estación de Diego de León. Esta estación reúne unas cualidades extraordinarias para una buena audición: sus largos pasillos transitados envuelven el rumor y facilitan, como si de aire se tratase, la expansión de la armonía. Si, además, el flujo se produce por instrumento de metal, la transmisión es mejor y roza las paredes de vidriados azulejos casi sin derramar sobre ellas la menor onda; pasa como si una tenue neblina se desplazase por la cripta de una catedral gótica.
Interpretas ‘Songbird’, canción del pájaro, pájaro en Madrid me lo imagino yo. ¿Qué animalito de los que conozco en la ciudad me hace llorar? Las cadencias vuelan por el aire, me adormecen y me exaltan el alma: es el bullicioso petirrojo que declina su canto al atardecer, en el Retiro, cuando acudo sosegado al Estanque de las Campanillas; su recuerdo me vuelve alacre. Sus modulados trinos me inspiran y acabo sacudiendo el sopor de mis miserias sobre el pisoteado suelo del paso subterráneo.
La gente no mira abiertamente; hay quien disimuladamente te dirige una mirada, con pena unos, con tristeza otros, con ansiedad la mayoría, con envidia los más. Veo que, también en esto, todos somos iguales; como el corazón del palestino que hoy sirvió a un judío en su segura agonía, abortando con ello la mansedumbre de la muerte: decía el cirujano israelí que tuvo en cada mano un corazón; en la izquierda el palestino; en la derecha el hebreo: Ambos son iguales; no existe diferencia ni en esto –subrayaba el médico-.
¿Por qué nos matamos entre todos?
Después de ‘Songbird’ acometes ‘Everytime i close my eyes’, y verdaderamente entornas los ojos, los cierras de verdad, cerrados, cerrados con fuerza, sin temor al mareo de la altura (¿o de la negrura en la profundidad ciudadana?) A veces se te va una nota y la rescatas con habilidad sirviéndote de otra de ‘Silhouette’, tan arreciada, tan cómoda en el engarce de armonías dispares. Vuelves a las semifusas de ‘Everytime i close my eyes’, con ardor y remordimiento por el olvido. Me sucedió un par de veces. Ninguna más. Me centré en el tema y lo interpreté hasta el final, con el vaivén que impulsa el prolongado solo de clarinete que es esta maravilla de melodía, que si se acompaña por una voz con registro soprano acaba siendo una obra de arte.
Luego pasas a ‘Forever in love’, y es verdad; lo sientes hacia la amada, para siempre, eternamente amor, para siempre amor.
¿Comprendo a los sin amor?
Y ‘Loving you’, y ‘All the way/one for my baby’, y ‘My heart will go on’.
Así pasas la tarde.
Hoy no acudí al Retiro, ni pude saludar a mis amigos los árboles. Magnolios y acacias de la Avenida de México; Adelfas que me recuerdan Sevilla, en la Rosaleda; Camelias y Lambertianas del Parterre; Evónimos que son como arrayanes, de lo primorosos, en la Casita del Príncipe; Mirtos cimbreantes; Pinos carrascos altaneros, Pinos laricios apacibles, Pinos strobus lujuriosos por doquier; y las maravillosas Sóforas japónicas, con sus guisantes algodonosos, apetecibles y pendulantes, mecidos por el suave viento del atardecer estival, en los aledaños del Templete de la Música, tras la Casa de Vacas.
Y los ruiseñores tímidos, y los golfos mirlos de pico naranja, y los de pico gris, más inteligentes, pero menos abundantes; y hasta las picazas, que no son de aquí, pero se cuelan con desahogo excesivo en cualquier lugar: y cambian la paz agreste por el contaminado aire de Madrid.
Árboles, pájaros, bancos desvencijados: todos mis amigos son.
Y yo con mi clarinete, acordándome del suelo que pisan mis pies, del polvo que levantan al andar; es algo mío, efímero, pero mío alguna vez, aunque se queda en el parque. Mas mi condición no trata de apresar la libertad. Todo lo que en torno a mí se mueve es libre; no lo quiero para mí. Lo quiero para disfrutarlo, que sea mi acompañamiento, que sea mi amigo; y no el dinero, o un patrimonio amasado con sudor durante años, o una familia que a lo más que llega es a enterrarte como un embutido en una urna, o en una pajarera como yo llamo a los horrorosos nichos de los horrorosos cementerios. Te mueres si puedes, que si no, malmueres, como la vida, que si la vives depende sólo de ti. Y si así no es, malvives.
Madrid, 6 de junio de 2001
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