El tranvía de La Coruña (A Coruña) es un juguete maravilloso .
Estando un día en el María Pita, allá por el mes de junio, recién llegado de Madrid, me asomé a la ventana de la habitación y vi circular un tranvía precioso por el Paseo Marítimo, bordeando la Ensenada del Orzán. Tenía una parada a las puertas del hotel. Bajé y esperé.
Mientras llegaba quedé admirado del paisaje de la bahía. Entretuve mi espera enfocando con mi cámara la fuente de los windsurfistas, genial, armónica y muy en consonancia con La Coruña de Vázquez, el mejor alcalde que esta ciudad tuvo en muchos años. En el horizonte, lejano pero visible, el monte de San Pedro y el Obelisco del Millenium.
Llegó el tranvía, precioso, con un traqueteo sólido, haciendo sonar la campanilla de aviso y acertando a parar reciamente que no brusco, en la reserva de la marquesina; los dos o tres que allí estábamos subimos. Yo iba encantado pues desde mi última estancia en Colonia no había montado en un vehículo similar.
Desde allí, bordeando la ciudad, a lo largo del Paseo Marítimo, fuimos pasando por unos terrenos que hacía pocos años eran intransitables y peligrosos. La playa de Las Lapas con sus protuberantes alisos; la Torre de Hércules, tan vieja, tan vigilante. A lo lejos vuelvo a ver el obelisco, con sus mil y un vidriados tornasoles; los acantilados verdes, bien cuidados. Y el mar, siempre el mar en esta ciudad que vive de ello, de las pocas que no le dan la espalda. Pasamos por las dos puntas, la Herminia y la de las Adormideras, para terminar en la Dársena del Parrote, desde donde se ve, al fondo, el Castillo de San Antón.
Allí me bajé y encaminé mis pasos hasta los jardines de Méndez Núñez, donde ya no había estorninos; después fui a la Avenida de los Cantones, decorada en sus estribos al cielo por esos balcones marquesinas tan conocidos en las postales de turismo.
Más tarde, ya casi de noche, me fui a la Plaza de María Pita. En la Taberna de Penela recuperé el sentir con un buen Ribeiro.
En recuerdo a María Pita, la heroína que en el siglo XVI plantó cara a Drake, pasando a cuchillo al alférez que capitaneaba el asalto a la ciudad, provocando con ello la retirada de los ingleses al grito de ¡Quien tenga honra, que me siga! , tomé unos percebes con mi amigo Juan Ramón que me supieron a gloria.
Al anochecer regresé al hotel.
De A Coruña trájeme recuerdos y dejé amigos que aún conservo.
jueves, 15 de mayo de 2008
LLUEVE EN SEVILLA
Llueve en Sevilla. Es mayo. Otra vez la sospecha sobre el cielo y detrás de mí, nada ni nadie. En Sevilla sobra la luz, mas no por ese derroche la gente es distinta.
Voy por el puente de San Telmo, hacia el Paseo de Cristina. A mi izquierda, sobre la baranda que me separa del salto al río, a lo lejos, otro puente, el más antiguo, el que fue sustituto del otro, el de barcas que unía el arrabal a la ciudad musulmana; el puente que el Almirante Bonifaz de Castilla rompió con galeras rechonchas, la única manera de rendir la ciudad al Rey cristiano. Es el puente de Triana o de Isabel II, según como queramos llamarlo.
Charcos y barro mojan y ensucian mis zapatos. No es raro. El camino es regularmente transitable y las bicicletas circulan con prisa. Los coches revientan los charcos y salpican sin misericordia a cuanto viandante va por su acera.
Cuando al final llegas al otro lado parece como si un descanso se apoderase de ti. Has conseguido llegar. Y cuando lo haces, la lluvia cesa. Ya no hay prisa. La calle vuelve a ser un pandemónium de vehículos, transeúntes, olores, ruidos, gente, semáforos y más bicicletas, una plaga de bicicletas que nos ha invadido por aquello del progreso y que circulan por todas partes, sin reglas, sin respeto, sin orden. Lo de siempre: derechos sí; obligaciones ninguna. El respeto a los demás, como la lluvia en Sevilla desmadejada y anárquica, es circunstancial y decadente.
Nadie mira a nadie. Si acaso una furtiva mirada que no dice nada ni pretende siquiera ofrecer un aliento de ánimo. ¿Para qué animar? No es necesario. La vida moderna rechaza el diálogo y preferimos el virtuosismo del cine, la inmediatez de la televisión o el machacante repiqueteo cada día en la prensa de lo que pasó unas horas antes, casi siempre con los mismos argumentos y acciones desproporcionadas de los unos y los otros. Se habla por compulsión de temas que nos suenan sin saber a ciencia cierta cuál es su verdadera sustancia. Ahora está en boga el problema de la crisis o la dulcificada desaceleración gubernamental, quién sabe, pues todo es discutible y ni quien aduce razones es capaz de centrar el asunto; no es verosímil la cuestión: unos dicen una cosa y otros lo contrario. Lo que al ciudadano llega no son más que ecos inconfundibles de una maraña de opiniones que por el hecho de partir de alguien han de ser escrupulosamente oídas. Mientras tanto, el pollo, el tomate, el pan, la leche y hasta los pañuelos de papel, hoy llamados vulgarmente kleenex, suben sus precios sin importarles la historia de la burbuja, las peripecias de la Bolsa o el superávit del Estado que en un par de años se lo habrán comido por culpa de unos cuantos mamacallos. Estos nuestros políticos se me antojan virtuosos del escapismo.
¡No estoy de acuerdo!
La sensatez y la cordura siempre han sido armas contundentes de la razón. Mal casan con las invectivas de nuevas progresiones, sobre todo de aquellas que surgen al son de etiquetas maquilladas para conseguir intereses concretos, mas nunca explicados. Nos quieren hacer distintos a fuerza de tildarnos de irrespetuosos con el sistema unas veces o cabestros adiestrados al son del cencerro para enchiquerar al zaíno que no gustó o que se hizo incómodo en la suerte de varas . No y no ¡no estoy de acuerdo!
La libertad no se moldea con barro ni se transforma con pinceles de artista. La libertad es un derecho inalienable que todos tenemos, salvo cuando alguien nos la quita u otros tratan de manipularla para presentárnosla como algo novedoso. Entonces se acabó la libertad y a todos nos sienta muy mal. Pero tanto en uno como en otro caso, nosotros fuimos los consentidores del atraco.
La gente en Sevilla no es distinta; es como en todas partes.
Alguna gente en Sevilla, como en cualquier otro sitio, mantiene sus ilusiones, guarda sus recuerdos y se divierte cuando llega el momento. Pero no es distinta.
Por eso en Sevilla también llueve. Por eso en Sevilla que es ciudad abrazada por el Gran Río, la gente puede atravesar su cauce y mirar. Por eso, en Sevilla, la gente, cuando atraviesa el Guadalquivir, si mira a un lado hallará el puente de Triana, si al otro, el del Generalísimo (hoy de Los Remedios.) Y si está en este último, verá el de las Delicias y entre ambos, en neblina y como un fantasma, sobrepuesto al nuevo, como un fantasma digo, el desmontado de Alfonso XIII, precioso mecano de hierro que, tras sus 78 años de vida, ha sido arrumbado a la sombra de otro construido para la Expo del 92 que se quedó chico antes de inaugurarse.
¡Carajo con el progreso! Ni acertaron.
Y en Sevilla sobra la luz aunque también ésta se conjuga con las sombras. Sevilla es ciudad de luces y sombras, no cabe duda.
Pero la gente de Sevilla no es distinta.
La gente de Sevilla no quiere saber de puentes, como la gente de Madrid de Manzanares; la gente de Sevilla no quiere saber de cosas de antes, sobre todo si fueron fruto del afán de unos pocos, muy pocos que se entusiasmaron con su ciudad. La gente de Sevilla no es distinta. La gente de Sevilla es como toda la gente de hoy: ocio, un poco de ocio y más ocio. Fútbol, consumo y muchos puentes vacacionales.
Derechos, todos. Obligaciones, ninguna. No hay que ver más. En la carretera parece como si todos tuviéramos prisa, mucha prisa por llegar no se sabe dónde. En la noche no hay lugar para la vida: todo son disturbios. Quien alborota, embrutecido por el alcohol o por la droga, se jacta de ello; quien se queda en casa se atiborra de fármacos para poder dormir. Nadie vigila, nadie impone el orden, nadie cumple lo prometido en la campaña electoral, nadie aplica lo ordenado. Todos se llaman andana.
Yo me voy a la lejanía del campo o a la orilla del mar. En el campo me quedo sordo; en la orilla del mar me enredo en ensueños de juventud y de niñez. En ambos lugares soy feliz. En ninguno de esos dos sitios padezco las molestias del progreso y de la libertad enlatada que huele a suela de zapato sudado de falso cuero. Me libero de la modernidad sin tener que acudir al Ángel de la Guarda.
Dicen que esto es el progreso.
Decididamente en Sevilla llueve como en toda España y a veces, esa lluvia que debiera ser dulce, placentera, romántica y benefactora, se nos hace insoportable por su inoportunidad o por su contundencia que no sirve para nada.
¡Qué lástima de lluvia!
Sevilla, 12 de mayo de 2008
Voy por el puente de San Telmo, hacia el Paseo de Cristina. A mi izquierda, sobre la baranda que me separa del salto al río, a lo lejos, otro puente, el más antiguo, el que fue sustituto del otro, el de barcas que unía el arrabal a la ciudad musulmana; el puente que el Almirante Bonifaz de Castilla rompió con galeras rechonchas, la única manera de rendir la ciudad al Rey cristiano. Es el puente de Triana o de Isabel II, según como queramos llamarlo.
Charcos y barro mojan y ensucian mis zapatos. No es raro. El camino es regularmente transitable y las bicicletas circulan con prisa. Los coches revientan los charcos y salpican sin misericordia a cuanto viandante va por su acera.
Cuando al final llegas al otro lado parece como si un descanso se apoderase de ti. Has conseguido llegar. Y cuando lo haces, la lluvia cesa. Ya no hay prisa. La calle vuelve a ser un pandemónium de vehículos, transeúntes, olores, ruidos, gente, semáforos y más bicicletas, una plaga de bicicletas que nos ha invadido por aquello del progreso y que circulan por todas partes, sin reglas, sin respeto, sin orden. Lo de siempre: derechos sí; obligaciones ninguna. El respeto a los demás, como la lluvia en Sevilla desmadejada y anárquica, es circunstancial y decadente.
Nadie mira a nadie. Si acaso una furtiva mirada que no dice nada ni pretende siquiera ofrecer un aliento de ánimo. ¿Para qué animar? No es necesario. La vida moderna rechaza el diálogo y preferimos el virtuosismo del cine, la inmediatez de la televisión o el machacante repiqueteo cada día en la prensa de lo que pasó unas horas antes, casi siempre con los mismos argumentos y acciones desproporcionadas de los unos y los otros. Se habla por compulsión de temas que nos suenan sin saber a ciencia cierta cuál es su verdadera sustancia. Ahora está en boga el problema de la crisis o la dulcificada desaceleración gubernamental, quién sabe, pues todo es discutible y ni quien aduce razones es capaz de centrar el asunto; no es verosímil la cuestión: unos dicen una cosa y otros lo contrario. Lo que al ciudadano llega no son más que ecos inconfundibles de una maraña de opiniones que por el hecho de partir de alguien han de ser escrupulosamente oídas. Mientras tanto, el pollo, el tomate, el pan, la leche y hasta los pañuelos de papel, hoy llamados vulgarmente kleenex, suben sus precios sin importarles la historia de la burbuja, las peripecias de la Bolsa o el superávit del Estado que en un par de años se lo habrán comido por culpa de unos cuantos mamacallos. Estos nuestros políticos se me antojan virtuosos del escapismo.
¡No estoy de acuerdo!
La sensatez y la cordura siempre han sido armas contundentes de la razón. Mal casan con las invectivas de nuevas progresiones, sobre todo de aquellas que surgen al son de etiquetas maquilladas para conseguir intereses concretos, mas nunca explicados. Nos quieren hacer distintos a fuerza de tildarnos de irrespetuosos con el sistema unas veces o cabestros adiestrados al son del cencerro para enchiquerar al zaíno que no gustó o que se hizo incómodo en la suerte de varas . No y no ¡no estoy de acuerdo!
La libertad no se moldea con barro ni se transforma con pinceles de artista. La libertad es un derecho inalienable que todos tenemos, salvo cuando alguien nos la quita u otros tratan de manipularla para presentárnosla como algo novedoso. Entonces se acabó la libertad y a todos nos sienta muy mal. Pero tanto en uno como en otro caso, nosotros fuimos los consentidores del atraco.
La gente en Sevilla no es distinta; es como en todas partes.
Alguna gente en Sevilla, como en cualquier otro sitio, mantiene sus ilusiones, guarda sus recuerdos y se divierte cuando llega el momento. Pero no es distinta.
Por eso en Sevilla también llueve. Por eso en Sevilla que es ciudad abrazada por el Gran Río, la gente puede atravesar su cauce y mirar. Por eso, en Sevilla, la gente, cuando atraviesa el Guadalquivir, si mira a un lado hallará el puente de Triana, si al otro, el del Generalísimo (hoy de Los Remedios.) Y si está en este último, verá el de las Delicias y entre ambos, en neblina y como un fantasma, sobrepuesto al nuevo, como un fantasma digo, el desmontado de Alfonso XIII, precioso mecano de hierro que, tras sus 78 años de vida, ha sido arrumbado a la sombra de otro construido para la Expo del 92 que se quedó chico antes de inaugurarse.
¡Carajo con el progreso! Ni acertaron.
Y en Sevilla sobra la luz aunque también ésta se conjuga con las sombras. Sevilla es ciudad de luces y sombras, no cabe duda.
Pero la gente de Sevilla no es distinta.
La gente de Sevilla no quiere saber de puentes, como la gente de Madrid de Manzanares; la gente de Sevilla no quiere saber de cosas de antes, sobre todo si fueron fruto del afán de unos pocos, muy pocos que se entusiasmaron con su ciudad. La gente de Sevilla no es distinta. La gente de Sevilla es como toda la gente de hoy: ocio, un poco de ocio y más ocio. Fútbol, consumo y muchos puentes vacacionales.
Derechos, todos. Obligaciones, ninguna. No hay que ver más. En la carretera parece como si todos tuviéramos prisa, mucha prisa por llegar no se sabe dónde. En la noche no hay lugar para la vida: todo son disturbios. Quien alborota, embrutecido por el alcohol o por la droga, se jacta de ello; quien se queda en casa se atiborra de fármacos para poder dormir. Nadie vigila, nadie impone el orden, nadie cumple lo prometido en la campaña electoral, nadie aplica lo ordenado. Todos se llaman andana.
Yo me voy a la lejanía del campo o a la orilla del mar. En el campo me quedo sordo; en la orilla del mar me enredo en ensueños de juventud y de niñez. En ambos lugares soy feliz. En ninguno de esos dos sitios padezco las molestias del progreso y de la libertad enlatada que huele a suela de zapato sudado de falso cuero. Me libero de la modernidad sin tener que acudir al Ángel de la Guarda.
Dicen que esto es el progreso.
Decididamente en Sevilla llueve como en toda España y a veces, esa lluvia que debiera ser dulce, placentera, romántica y benefactora, se nos hace insoportable por su inoportunidad o por su contundencia que no sirve para nada.
¡Qué lástima de lluvia!
Sevilla, 12 de mayo de 2008
lunes, 12 de mayo de 2008
Mis tardes en Madrid
Hoy quise ser clarinetista. Y lo fui por unas horas.
Me dije si era necesario tocar ante un público entendido, sorprendido o curioso. Nada de eso se necesita para ser clarinetista.
El atuendo tampoco influye mucho. Si no cubres la cabeza con un sombrero no epatas nada. Estar cómodo y sobre todo, estar dispuesto a interpretar una partitura, innovar de vez en cuando e improvisar alguna vez un arpegio olvidado o un paso de corchea en falso; sólo eso hace falta.
Todo el escenario eres tú; toda la orquesta la construyes tú; toda la coreografía imaginaria la diriges y controlas tú; toda la sabiduría ha de salir de ti, sin ayuda, sin equipo que te asista. Todo como en tu propia vida, lo que tú decidas ser, sin que nadie te obligue. Y sin más, comienzas a insuflar aire en la cánula, diriges con elocuencia el viento, mantienes el corazón flotando y el vientre que domine el tórax; los pulmones dilatarán como un fuelle y tus manos acariciarán los botones articulados, las pinzas oscilantes que facilitarán la modulación de la melodía.
¿Y qué tocar?
¿Mozart? ¿Vivaldi?
No es mala cosa, cierto.
Mas nada de eso. Una partitura para clarinete debe ser liviana, muy ligera, descargada de fatigas clásicas, ortodoxas, románticas. Mejor Hirotsu, o Gerry Brown, o Walter Atanasief, o Dan Shea, o Kenny G.
Uno se va al Metro. Baja las escaleras en la estación de Sáenz de Baranda. Ya en la primera planta, un japonés, el de todos los días, teclea el órgano con acompañamiento informatizado; mal, rematadamente mal. Este pobre, cada día está en una estación de Metro, y no aprende, está solo y a nadie tiene que le corrija los vicios que hebdomadariamente se le hacen crónicos.
Llegas a la estación de Diego de León. Esta estación reúne unas cualidades extraordinarias para una buena audición: sus largos pasillos transitados envuelven el rumor y facilitan, como si de aire se tratase, la expansión de la armonía. Si, además, el flujo se produce por instrumento de metal, la transmisión es mejor y roza las paredes de vidriados azulejos casi sin derramar sobre ellas la menor onda; pasa como si una tenue neblina se desplazase por la cripta de una catedral gótica.
Interpretas ‘Songbird’, canción del pájaro, pájaro en Madrid me lo imagino yo. ¿Qué animalito de los que conozco en la ciudad me hace llorar? Las cadencias vuelan por el aire, me adormecen y me exaltan el alma: es el bullicioso petirrojo que declina su canto al atardecer, en el Retiro, cuando acudo sosegado al Estanque de las Campanillas; su recuerdo me vuelve alacre. Sus modulados trinos me inspiran y acabo sacudiendo el sopor de mis miserias sobre el pisoteado suelo del paso subterráneo.
La gente no mira abiertamente; hay quien disimuladamente te dirige una mirada, con pena unos, con tristeza otros, con ansiedad la mayoría, con envidia los más. Veo que, también en esto, todos somos iguales; como el corazón del palestino que hoy sirvió a un judío en su segura agonía, abortando con ello la mansedumbre de la muerte: decía el cirujano israelí que tuvo en cada mano un corazón; en la izquierda el palestino; en la derecha el hebreo: Ambos son iguales; no existe diferencia ni en esto –subrayaba el médico-.
¿Por qué nos matamos entre todos?
Después de ‘Songbird’ acometes ‘Everytime i close my eyes’, y verdaderamente entornas los ojos, los cierras de verdad, cerrados, cerrados con fuerza, sin temor al mareo de la altura (¿o de la negrura en la profundidad ciudadana?) A veces se te va una nota y la rescatas con habilidad sirviéndote de otra de ‘Silhouette’, tan arreciada, tan cómoda en el engarce de armonías dispares. Vuelves a las semifusas de ‘Everytime i close my eyes’, con ardor y remordimiento por el olvido. Me sucedió un par de veces. Ninguna más. Me centré en el tema y lo interpreté hasta el final, con el vaivén que impulsa el prolongado solo de clarinete que es esta maravilla de melodía, que si se acompaña por una voz con registro soprano acaba siendo una obra de arte.
Luego pasas a ‘Forever in love’, y es verdad; lo sientes hacia la amada, para siempre, eternamente amor, para siempre amor.
¿Comprendo a los sin amor?
Y ‘Loving you’, y ‘All the way/one for my baby’, y ‘My heart will go on’.
Así pasas la tarde.
Hoy no acudí al Retiro, ni pude saludar a mis amigos los árboles. Magnolios y acacias de la Avenida de México; Adelfas que me recuerdan Sevilla, en la Rosaleda; Camelias y Lambertianas del Parterre; Evónimos que son como arrayanes, de lo primorosos, en la Casita del Príncipe; Mirtos cimbreantes; Pinos carrascos altaneros, Pinos laricios apacibles, Pinos strobus lujuriosos por doquier; y las maravillosas Sóforas japónicas, con sus guisantes algodonosos, apetecibles y pendulantes, mecidos por el suave viento del atardecer estival, en los aledaños del Templete de la Música, tras la Casa de Vacas.
Y los ruiseñores tímidos, y los golfos mirlos de pico naranja, y los de pico gris, más inteligentes, pero menos abundantes; y hasta las picazas, que no son de aquí, pero se cuelan con desahogo excesivo en cualquier lugar: y cambian la paz agreste por el contaminado aire de Madrid.
Árboles, pájaros, bancos desvencijados: todos mis amigos son.
Y yo con mi clarinete, acordándome del suelo que pisan mis pies, del polvo que levantan al andar; es algo mío, efímero, pero mío alguna vez, aunque se queda en el parque. Mas mi condición no trata de apresar la libertad. Todo lo que en torno a mí se mueve es libre; no lo quiero para mí. Lo quiero para disfrutarlo, que sea mi acompañamiento, que sea mi amigo; y no el dinero, o un patrimonio amasado con sudor durante años, o una familia que a lo más que llega es a enterrarte como un embutido en una urna, o en una pajarera como yo llamo a los horrorosos nichos de los horrorosos cementerios. Te mueres si puedes, que si no, malmueres, como la vida, que si la vives depende sólo de ti. Y si así no es, malvives.
Madrid, 6 de junio de 2001
Me dije si era necesario tocar ante un público entendido, sorprendido o curioso. Nada de eso se necesita para ser clarinetista.
El atuendo tampoco influye mucho. Si no cubres la cabeza con un sombrero no epatas nada. Estar cómodo y sobre todo, estar dispuesto a interpretar una partitura, innovar de vez en cuando e improvisar alguna vez un arpegio olvidado o un paso de corchea en falso; sólo eso hace falta.
Todo el escenario eres tú; toda la orquesta la construyes tú; toda la coreografía imaginaria la diriges y controlas tú; toda la sabiduría ha de salir de ti, sin ayuda, sin equipo que te asista. Todo como en tu propia vida, lo que tú decidas ser, sin que nadie te obligue. Y sin más, comienzas a insuflar aire en la cánula, diriges con elocuencia el viento, mantienes el corazón flotando y el vientre que domine el tórax; los pulmones dilatarán como un fuelle y tus manos acariciarán los botones articulados, las pinzas oscilantes que facilitarán la modulación de la melodía.
¿Y qué tocar?
¿Mozart? ¿Vivaldi?
No es mala cosa, cierto.
Mas nada de eso. Una partitura para clarinete debe ser liviana, muy ligera, descargada de fatigas clásicas, ortodoxas, románticas. Mejor Hirotsu, o Gerry Brown, o Walter Atanasief, o Dan Shea, o Kenny G.
Uno se va al Metro. Baja las escaleras en la estación de Sáenz de Baranda. Ya en la primera planta, un japonés, el de todos los días, teclea el órgano con acompañamiento informatizado; mal, rematadamente mal. Este pobre, cada día está en una estación de Metro, y no aprende, está solo y a nadie tiene que le corrija los vicios que hebdomadariamente se le hacen crónicos.
Llegas a la estación de Diego de León. Esta estación reúne unas cualidades extraordinarias para una buena audición: sus largos pasillos transitados envuelven el rumor y facilitan, como si de aire se tratase, la expansión de la armonía. Si, además, el flujo se produce por instrumento de metal, la transmisión es mejor y roza las paredes de vidriados azulejos casi sin derramar sobre ellas la menor onda; pasa como si una tenue neblina se desplazase por la cripta de una catedral gótica.
Interpretas ‘Songbird’, canción del pájaro, pájaro en Madrid me lo imagino yo. ¿Qué animalito de los que conozco en la ciudad me hace llorar? Las cadencias vuelan por el aire, me adormecen y me exaltan el alma: es el bullicioso petirrojo que declina su canto al atardecer, en el Retiro, cuando acudo sosegado al Estanque de las Campanillas; su recuerdo me vuelve alacre. Sus modulados trinos me inspiran y acabo sacudiendo el sopor de mis miserias sobre el pisoteado suelo del paso subterráneo.
La gente no mira abiertamente; hay quien disimuladamente te dirige una mirada, con pena unos, con tristeza otros, con ansiedad la mayoría, con envidia los más. Veo que, también en esto, todos somos iguales; como el corazón del palestino que hoy sirvió a un judío en su segura agonía, abortando con ello la mansedumbre de la muerte: decía el cirujano israelí que tuvo en cada mano un corazón; en la izquierda el palestino; en la derecha el hebreo: Ambos son iguales; no existe diferencia ni en esto –subrayaba el médico-.
¿Por qué nos matamos entre todos?
Después de ‘Songbird’ acometes ‘Everytime i close my eyes’, y verdaderamente entornas los ojos, los cierras de verdad, cerrados, cerrados con fuerza, sin temor al mareo de la altura (¿o de la negrura en la profundidad ciudadana?) A veces se te va una nota y la rescatas con habilidad sirviéndote de otra de ‘Silhouette’, tan arreciada, tan cómoda en el engarce de armonías dispares. Vuelves a las semifusas de ‘Everytime i close my eyes’, con ardor y remordimiento por el olvido. Me sucedió un par de veces. Ninguna más. Me centré en el tema y lo interpreté hasta el final, con el vaivén que impulsa el prolongado solo de clarinete que es esta maravilla de melodía, que si se acompaña por una voz con registro soprano acaba siendo una obra de arte.
Luego pasas a ‘Forever in love’, y es verdad; lo sientes hacia la amada, para siempre, eternamente amor, para siempre amor.
¿Comprendo a los sin amor?
Y ‘Loving you’, y ‘All the way/one for my baby’, y ‘My heart will go on’.
Así pasas la tarde.
Hoy no acudí al Retiro, ni pude saludar a mis amigos los árboles. Magnolios y acacias de la Avenida de México; Adelfas que me recuerdan Sevilla, en la Rosaleda; Camelias y Lambertianas del Parterre; Evónimos que son como arrayanes, de lo primorosos, en la Casita del Príncipe; Mirtos cimbreantes; Pinos carrascos altaneros, Pinos laricios apacibles, Pinos strobus lujuriosos por doquier; y las maravillosas Sóforas japónicas, con sus guisantes algodonosos, apetecibles y pendulantes, mecidos por el suave viento del atardecer estival, en los aledaños del Templete de la Música, tras la Casa de Vacas.
Y los ruiseñores tímidos, y los golfos mirlos de pico naranja, y los de pico gris, más inteligentes, pero menos abundantes; y hasta las picazas, que no son de aquí, pero se cuelan con desahogo excesivo en cualquier lugar: y cambian la paz agreste por el contaminado aire de Madrid.
Árboles, pájaros, bancos desvencijados: todos mis amigos son.
Y yo con mi clarinete, acordándome del suelo que pisan mis pies, del polvo que levantan al andar; es algo mío, efímero, pero mío alguna vez, aunque se queda en el parque. Mas mi condición no trata de apresar la libertad. Todo lo que en torno a mí se mueve es libre; no lo quiero para mí. Lo quiero para disfrutarlo, que sea mi acompañamiento, que sea mi amigo; y no el dinero, o un patrimonio amasado con sudor durante años, o una familia que a lo más que llega es a enterrarte como un embutido en una urna, o en una pajarera como yo llamo a los horrorosos nichos de los horrorosos cementerios. Te mueres si puedes, que si no, malmueres, como la vida, que si la vives depende sólo de ti. Y si así no es, malvives.
Madrid, 6 de junio de 2001
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